LA LIBERTAD

 

Libertad significa la capacidad de expresar la voluntad o el deseo íntimos de nuestro ser, con el único límite de no atentar a la libertad del otro, porque habré entendido que  forma parte de la mía. Por ello, la inteligencia debe modular la expresión de esta libertad formalmente en el tiempo y el espacio, a fin de que se pueda expresar de la forma más genuina y “ecológica” posible dentro del marco donde se ubica nuestra existencia.

 

El concepto es sutil, pues pueden establecerse muchos matices en su definición básica. En el momento en que sumerjo en un medio de expresión y me relaciono con otros, quedo sometido a las reglas del sistema en el que estoy asentado, donde la libertad de acción queda regulada por las Leyes del sistema, salvo que me aísle. Pero es claro que entonces no soy libre, solo permanezco en un estado de aislamiento con un potencial latente.

 

También podríamos hablar de niveles de libertad, de las cuales una de ellas es la referida libertad de acción, pero también podríamos hablar de independencia emocional (que no tiene porque comportar falta de empatía o de compasión), libertad de pensamiento, y otras.

 

Pero ser libre no es dar rienda suelta a las compulsiones de alguna de las partes de nuestra naturaleza múltiple. En este caso solo damos derecho a una parte de nosotros a expresarse, la convertimos en un virrey o reyezuelo a costa de la inactividad de otras partes también nuestras. Si yo me centro en vivir una vida exclusivamente dedicada al sexo, estoy sacrificando o sometiendo a otras partes mías de posible experiencia o vivencia que también tienen que ser desarrolladas. En cierta manera, es como si me dedicara a muscular solo una de mis piernas o brazos.

 

Si por el contrario, lo mío es una vida exclusivamente mental o conceptual, voy a someter a limitaciones directa o indirectamente a la experiencia del cuerpo y al desarrollo y expresión de los sentimientos, los cuales voy a intentar racionalizar para seguir centrado en el aspecto mental (sin éxito por supuesto, pues los sentimientos son un aspecto que se rige por otras leyes).

 

La libertad sería pues algo cuya vestidura es múltiple pero que está más allá de nuestras expresiones compulsivas, y está relacionada con el punto donde hemos situado el observador, o punto de referencia desde donde actuamos. Somos libres cuando el punto donde está ubicado el observador coincide con el centro interno de nuestro ser, allí donde se asienta nuestra alma. Si el equilibrio de poder de los reyezuelos está desequilibrado, bien por compulsión, bien sea por la educación recibida o la experiencia acumulada, el punto de centramiento de las fuerzas internas no parte del punto de neutralidad y entonces se puede decir que no somos libres.  

 

La libertad ha de vincular pues a todas las capas o vestiduras de mi naturaleza y ha de estar desapegada de cualquier aspecto condicionante individual. Pero sucede que los virreyes que hay en mi naturaleza multidimensional, no quieren renunciar a su virreinato, lo cual solo sucederá si llegan a comprender que si se unen para servir al verdadero y único Rey en el centro, van a alcanzar una victoria mayor, que aunque la tengan que compartir con otros, la retribución será mucho mayor, por su mejor calidad, lo que les compensará con creces, lo cual constituye la base de la teoría del gran matemático moderno John Nash, la cual tiene una de sus aplicaciones en soluciones de organización social.

 

De este modo, llegamos a la conclusión de que para ser libres, hemos de ser:

 

En primer lugar íntegros; solo lo logramos actuando como personalidades integradas, un ser “uno” que se expresa a través de múltiples facetas.

 

En segundo lugar, es de especial importancia la activación de las facultades mentales superiores, es decir, la conciencia y la inteligencia. Ya nos hemos referido a la necesidad de tener inteligencia para ubicar aquello que queremos ser o expresar en el tiempo y el espacio. La conciencia son los ojos del Rey, que sentado  en su trono, observa silenciosa y atentamente lo que ocurre en su territorio.

 

Durante mucho tiempo, quizás demasiado, los emisarios del Rey no son escuchados o recibidos en las diferentes comarcas. Hasta que la luz, o sea la conciencia, no brota en los pensamientos de los distintos reyezuelos, no hay cabida más que para los diferentes tipos de ego. Esto se manifiesta en la competencia por el dominio del poder,  en forma de rencillas, y disputas entre los diferentes reinos.

 

La sociedad o “entorno social” en el que nos movemos, responde a un ideario que alguien ha formulado y que ha sido adoptado como propio y consensuado por los poderes fácticos de esa sociedad. Ese ideario, responde a un propósito en la mente abstracta que alguien ha formulado (quizás en el mundo sutil), y que nosotros captamos y hacemos nuestro, pero en la interpretación y formulación se ha convertido es una expresión de una mezcla de ideales y de influencias.

 

Podríamos decir que las distintas civilizaciones, países, culturas, sagas, familias, se desarrollan bajo la influencia aglutinante de alguna inteligencia constructora, quien aporta la energía que es característica de cada estructura humana, relacionada con un propósito evolutivo y por tanto incluyente o global. Entre ellas, hay sociedades bajo la tutela de energías que podríamos llamar oscuras, por cuanto su propósito no responde al Plan planetario, sino a otros fines.

 

El ser humano está inmerso en esas organizaciones, pero puede alcanzar la libertad incluso estando inmerso en ellas si es fiel al propósito que ha fijado su Alma para esa vida en encarnación. Para ello, debemos ser efectivamente conscientes, y estar alineados con el propósito superior de nuestra Alma. Podríamos decir que no es libre aquel ser humano que es dirigido por unas fuerzas que no se corresponden con la misión de su vida.

 

Se puede deducir de todo ello, la necesidad del sufrimiento, como elemento diferenciador e iluminador. Es un hecho que cuando surge la luz que nos muestra un escenario más amplio y nos ubica en él, automáticamente levantamos la vista del ombligo y relativizamos nuestros problemas y aspiraciones diarias, mayormente relacionadas con el ego. Replanteamos nuestras fuerzas y nos tenemos que reubicar dentro de otro marco de espacio.

 

El concepto de libertad definido así, es extrapolable a la familia, sociedad, nación o planeta; si yo me declaro libre, pero es a costa de la libertad de otros, sin duda se trata de una falsa libertad. No soy libre, pues dependo de otros para serlo y el día que estos alcancen la fuerza suficiente para emanciparse voy a dejar de ser libre.

 

Surge la pregunta ¿puedo ser libre en una sociedad esclavizada o esclavizante? Aquí podríamos caer en la tentación del tópico que señalan algunas creencias. Se dice; “nacemos libres” lo cual es una gran falacia. Parece fuera de toda duda que el ser humano nace con una dependencia total de sus padres y familia para mantenernos vivos y progresar, por tanto ese no es un buen ejemplo de lo que es la libertad. Quizás lo que se quiere decir es que nacemos con el potencial de alcanzar la libertad, primero de nuestros progenitores y después de otras instancias. A este respecto, se puede imaginar a la sociedad, nación o familia, como una madre más incluyente en la que nos desarrollamos.

 

El “ser libre”, sinónimo de libertad, implica dos palabras, “ser” y “libre”. En primer lugar, se trata de “ser”, pues si no soy ya no tiene sentido la palabra “libre”. Esto excluye la posibilidad de suicidio como último recurso hacia la libertad, ese camino no conduce a aquella meta sino a la de “no ser”.

 

Es pues fundamental “ser” o estar en vida para experimentar lo que es la libertad. En otras esferas de la existencia probablemente ya ni nos planteamos ser libres y aquí entra en juego otro concepto fundamental para lo que quiero expresar, que nace de ciertas afirmaciones que realizan algunas religiones y escuelas de la Nueva Era ¿Es en realidad libre el espíritu?

 

Yo pienso que en realidad no lo es, pues está encadenado a un cuerpo físico que es por definición limitante, aunque reconozcamos que este cuerpo tiene un potencial enorme, cuyas facultades no cesan de incrementarse y sus límites son aún desconocidos. Sin embargo, desde el punto de vista de que el espíritu se ha vinculado a un cuerpo denso (sometido a gravedad) de forma voluntaria, se puede considerar que se trata de una elección libre para vivir una experiencia sensible.

 

Este concepto está muy vinculado al de la libertad individual, pues hasta que el espíritu no se pueda expresar en su esencia libremente a través de nuestra envoltura física, no seremos libres, siempre habrá una fuerza que nos empujará suavemente hacia determinados lugares o experiencias, que nos susurrará al oído, que nos arrullará y nos llenará de energía. El suicidio es pues una forma de perpetuar la cárcel de nuestra Alma, que es a la postre nuestra parte perdurable.

 

Creo que tampoco es un camino de libertad el que propugnan algunos místicos, cuyas corrientes vienen de la influencia oriental, a través de sistemas de meditación. Es similar a la influencia que predicaban algunos místicos de religiones tradicionales, hoy francamente en decadencia porque sus dogmas son insostenibles a la luz del desarrollo mental de la humanidad.

 

La meditación es una herramienta muy poderosa y al igual que manejamos un elemento cortante con sumo cuidado, así deberíamos proceder con ella. Generalmente las personas entramos en el proceso meditativo buscando serenar nuestro desasosiego emocional o el estrés de la vida moderna, pero ignoramos el vasto alcance de sus efectos. Estos efectos no son tan amplios como podrían por el hecho de que culturalmente nuestros procesos mentales los dificultan y aminoran. Muchas personas son incapaces de entrar en meditación por su propia naturaleza mental. Para entrar profundamente en esos campos, hay que ejercitar una disciplina diaria, de tipo yóguico y ello significa renuncia y someter las pulsiones del cuerpo y de la mente.

 

Es cierto que a través del proceso meditativo consigo evadirme de la realidad diaria y desapegarme de las ataduras de este mundo, para llegar a un estado de pseudo libertad, pero allí, en ese espacio, me diluyo en el insondable, porque mi conciencia aún no se ha desarrollado suficiente para habitarlo. De hecho, el sueño es también una liberación, pero en estos procesos no controlo y entiendo que esto no es libertad, sino dejarse llevar por la corriente.

 

Podréis decirme que hay en ello esa libertad (de dejarse ir en la corriente), pero es claro que cuando lo hago porque no soy capaz de ejercerlo en la esfera de vida donde estoy centrado, es que necesito evadirme para reequilibrarme y ya no se puede hablar de libertad, sino de huida, que se puede convertir en un apego, hasta llegar al extremo de estar “ido” todo el tiempo, con lo cual niego la experiencia que nuestra Alma precisa y que es la razón del encadenamiento del espíritu. La persona que se escapa de la cárcel, no alcanza la libertad pues toda su vida deberá esconderse de la justicia y por ello sufrirá una gran limitación de movimientos en su vida.

 

Si nos quedamos enganchados en alguno de nuestros aspectos, perdemos nuestro sentido de totalidad individual y “no somos, solo pertenecemos”. En este sentido, es para mí tan limitativo el arrobamiento que siente el místico como el sexo más materialista. En cierta manera, los dos están en un contexto sexual, pues hay penetración y posesión, en el caso del místico mucho más refinada y elevada, que tiene que ver con la experiencia de entregarse y ser poseído.

 

Hay que ser libre, pero en “el río de la vida, no en el océano”, cuando estoy solo y cuando estoy acompañado, cuando estoy con problemas y cuando estoy feliz. Esto requiere la presencia en mi de todas mis esencias y tener la conciencia de los procesos a todos los niveles, materiales y sutiles.

 

Son también necesarias:

 

La percepción de mi pertenencia sustancial al universo por filiación.

Mi vinculación con otras Almas y Maestros por propia decisión.

Y de mi herencia como Hijo de Dios potencial que quizás me permita algún día establecer mi propio reinado.

 

Por ello, la meditación, debemos usarla conscientemente, no de forma limitada. Cuando establezco procesos meditativos de tipo devocional, entro en contacto con mi realidad trascendente y me doy cuenta de que soy algo más que lo que expresan mis sentidos comunes, encuentro mi dimensión espiritual y universal, y esto es necesario y bueno, en determinada parte del camino.

 

La meditación es también una poderosa herramienta cuando se usa en forma integradora, tendente a dialogar con nuestro cuerpo físico y con nuestras partes sutiles, cuando se dirige a entender los bloqueos y conflictos internos o externos, buscando la luz que nos proporcione las conciliaciones necesarias y que nos ayude a establecer puentes basados en el amor. Todo ello, en síntesis puede concebirse como abrir los caminos y canales de comunicación entre todos nuestros componentes, amalgamando nuestra complejidad para que la energía y la conciencia circule adecuadamente.  

 

Es además muy útil para alejarnos de un determinado problema que nos tenga encerrados en un círculo recurrente. Su efecto es similar al del agua que disuelve las cristalizaciones, y es balsámico, como cuando entramos en el océano y nos dejemos llevar por las olas. Pero lo importante, es tener en todo momento la conciencia activa, saber donde estamos centrados y donde nos movemos, pues todas esas esferas forman parte de nuestra esencia pero las tenemos que integrar en nuestra realidad. Así cambiará y se ampliará mucho nuestro paisaje y percibiremos las experiencias y sensaciones a las que podemos acceder desde cada una de ellas.

 

Desde el proceso meditativo, se cultivan también las capacidades de la mente, en el bien entendido que cuando involucramos a la mente, entramos en un proceso dirigido a algún fin o acción, es decir entramos en un proceso creador. Podríamos hablar muy sintéticamente, de la capacidad de concentración, de enfoque o dirección, de captación de un propósito, de generación de nuestros propios propósitos o proyectos, estimulados por la fuerza del deseo. La pureza del deseo está relacionada con el campo donde se ha generado, por ello, si queremos progresar, es imprescindible expandir nuestro ámbito de conciencia.

 

Ser libre para mí es sinónimo de ser íntegro, con toda mi naturaleza enfocada en experimentar los impulsos que proceden del centro del ser, las cuales, aportan aspectos que otorgan armonía y libertad. El centro del ser es algo que conecta con un campo de conciencia que es mucho más amplio que el campo físico terrenal y por tanto dispone de cualidades de equilibrio mucho más incluyentes, que abarcan al campo de las distintas Almas que componen el llamado “Reino de los Cielos”.

 

Cuando se posibilita su expresión, tiene una cualidad integradora, de respeto y equilibrio con el entorno y de equilibrio con nuestro ser, ahora considerado como una totalidad, aunque hay que señalar que durante algunas etapas, la propia Alma debe enfrentar a nuestro organismo a una serie de dificultades u obstáculos conducentes a alcanzar la luz en aquellas partes nuestras aún no integradas.

 

La expresión “estamos descentrados” tiene mucho de realidad en nosotros, refleja el hecho de que nuestro centro de gravedad está alejado del centro de nuestro ser, que es aquel centro donde  estamos conectados con nuestra Alma. Como las distintas sustancias que nos componen tienen cada una su propio centro de conciencia, el estar enfocado en una u otra, perdiendo de vista la totalidad, hace desplazar el centro de gravedad donde nos aposentamos.

 

De esta manera, hay un desplazamiento del centro respecto al Alma, una falta de sincronía y de flujo energético que tiene como efectos, el descentramiento, la enfermedad, la falta de libertad, el sufrimiento  y el estancamiento. Si no actuamos desde nuestro centro no somos libres, somos dependientes; si estamos por ejemplo muy centrados en la obtención de deseos, dependemos de otros factores para satisfacerlos. Además, estos deseos nacen de una pulsión que proviene de parte de los aspectos de la realidad, y por ello no van a saciar nuestra sed.

 

A medida que vamos profundizando con la experiencia diaria, ayudados por la meditación usada inteligentemente  y contrastamos y sopesamos en la balanza de nuestra intuición nuestras dificultades, nuestras inquietudes y aspiraciones, el centro desde donde nos movemos se va acercando al centro de nuestro ser, hasta que se produce un encaje en una estructura maestra; nuestro arquetipo genuino. Es en ese momento cuando el rompecabezas que configura nuestro cuerpo se integra, dando lugar a lo que se viene en llamar una personalidad integrada, que es un primer paso hacia la  libertad y desde donde el Alma podrá actuar en sincronía.

 

Libertad, sí, pero cuando actuamos desde ese centro mayor que llamamos Alma, pues entonces vamos en la misma dirección que la fuerza que nos impulsa a la vida y el magnetismo del Alma puede mantener fuerte e íntegro el vehículo que somos, para atravesar sin daños zonas de borrascas o para realizar el propósito de nuestras vidas.

 

Hasta que no alcanzamos este centro, el Alma se encuentra con un vehículo que no controla totalmente, es como si un coche llevara una carga desequilibrante en uno de sus lados o como si circulase con una rueda pinchada. En condiciones de descentramiento no podemos experimentar libertad, pues el impulso del motor y la dirección del volante ven alterada su trayectoria por el desequilibrio que existe en el propio vehículo.

 

Probablemente os habrá surgido la pregunta de donde queda el libre albedrío. Pues bien, existe un reyezuelo, cuya naturaleza es de suyo influyente sobre los otros reyezuelos, lo cual nos somete a un cierto engaño durante etapas de nuestra vida. En realidad este reyezuelo es un hijo del Alma, es una avanzada que esta nos envía para poder realizar la 1ª integración del vehículo, y una de las aportaciones de nuestro Ángel Solar.

 

Aclararé con un ejemplo, ¿verdad que no serviría casi de nada enviar a un ilustre investigador de laboratorio, un gran científico, a solucionar los conflictos de personas analfabetas que son incapaces de controlar sus emociones y sus pulsiones, o a mejorar las condiciones de personas que se encuentran en situación marginal? El científico se mueve en una esfera a la cual estas personas no tienen acceso de momento y la gran sabiduría y conocimiento de aquel investigador no va a cristalizar adecuadamente ni a solventar las necesidades de esas personas.

 

Sería mucho más efectivo, mandar un trabajador social o psicólogo, o una persona práctica, con capacidad de asimilar y con experiencia organizativa para poder fijar reglas y el orden necesario en aquella comunidad. Pero si esta persona no está suficientemente integrada, pronto va a sentir la capacidad de poder que puede ejercer sobre las personas necesitadas, y puede caer en las trampas del ego, una ilusión necesaria.

 

Ese es uno de las funciones de nuestra personalidad, algo que nace de la mente a través de la experiencia, para completar su forma con la conciencia que gradualmente va destilando el Alma, hasta convertirse en una unidad autoconsciente, cuando el Hijo ha nacido y se declara independiente, para formar una nueva familia.

 

El libre albedrío es la facultad que concede nuestra parte espiritual a la personalidad para que vaya experimentando y creciendo en conciencia, aprendiendo a valerse por si misma, al igual que hacemos con nuestros hijos, hasta alcanzar la integración de los reyezuelos que componen nuestra complejidad, los cuales reconocen en la personalidad esa capacidad integradora y se acaban sometiendo a medida que la conciencia va penetrando todos los átomos.

 

Existe un grado de libertad en el ejercicio de la personalidad como tal, aunque a veces atenta a la libertad de otros, como cuando está en etapa de autoafirmación como ego. También entra dentro de lo “normal” que obre erradamente, sobre todo cuando es incipiente, lo cual redundará en contratiempos, al igual que es inevitable que el bebé se caiga al empezar a andar y se de golpes.

 

Es la libertad de escoger por qué camino transitará, con el derecho implícito a equivocarse que le ha conferido su Alma. Esa es la libertad que comúnmente se busca y se teoriza sobre ella en infinidad de libros, nada más que una etapa de consolidación del bebé en el camino de formación de un ser humano. 

 

 

 Nesher, enero 2009