¿Quién soy yo?
Tengo la evidencia de que esto que
conocemos como “yo”, es algo que nos define, pero cabria preguntarse si cambia
en el tiempo o por lo contrario es algo más interno e inmutable.
Desde mi actual estado de
consciencia, en correspondencia con el grado de evolución alcanzado, solo puedo
afirmar con convencimiento que básicamente soy una entidad dinámica, es decir
un ente evolucionante en desarrollo.
En mis años jóvenes, mi concepto del
“yo” estaba formado por la síntesis de las percepciones de la realidad
inmediata. Estas percepciones venían en gran medida estimuladas o neutralizadas
por los inputs del entorno familiar, social, etc. En esta época, el “yo” era
como un colage de la conciencia de ser guapo, de ser más o menos inteligente,
de agradar a las chicas (lo que reforzaba mi hombría), y también de otra serie
de aspectos que consideraba oscuros y que procuraba ocultar para superar el
miedo de no ser aceptado por el entorno.
Estas otras partes oscuras, habían
nacido en su mayor parte del hecho de contrastar mis tendencias naturales con
la opinión de los demás, o como consecuencia de determinadas acciones que una parte más interior de mí rechazaba.
Posteriormente, al ir integrándome
en otros campos, el concepto del “yo” se amplió, englobando el entorno de
trabajo (con conceptos como el éxito y el fracaso) y el afectivo, básicamente
de relación y de pareja. Esta última circunstancia me liberó de la necesidad de
sentirme “machito”, estado que de forma natural todo hombre o en el polo opuesto
mujer, a su debido tiempo tiene que superar.
Es curioso como mi “yo” trataba de
mantener la autoestima atendiendo al balance general de las
circunstancias, mediante el enfoque de
la energía en aquellas actividades donde sabia que destacaba, y huyendo de aquellas
que juzgaba como carenciales o equívocas. Con este mecanismo, el “yo” se sentía
reforzado, para situarse en una posición de seguridad virtual.
Posteriormente, y a partir de un
período de profunda crisis, empecé a preguntarme con más profundidad y rigor
sobre las causas que rigen la existencia, hasta que finalmente llegué a una
tremenda conclusión; ¡Yo no era nada de eso!, sino algo más interno. El
concepto de “yo” solo era un enfoque erróneo fruto de mi percepción. Estas
circunstancias que determinaban mi entorno eran lo que marcaba mi vida en el
día a día y el miedo a que se descontrolaran mantenía toda mi atención enfocada
en ellas. Como consecuencia, me estaba perdiendo la percepción de la realidad y
en síntesis no vivía, sino que era vivido.
A partir de ahí empecé a buscar, y
encontré un camino espiritual coherente, que no tenia que ver con ritos o
creencias preconcebidas, camino en el que he obtenido finalmente comprensión y
consciencia. Puedo decir que la definición más clara y concisa que he
encontrado y con la que me identifico, es la siguiente afirmación del “Maestro
Tibetano”:
“Somos una chispa Divina
enfocada en el Alma, adquiriendo consciencia a través de nuestro entorno
físico”.
Y yo añadiría: consciencia que nos
es necesaria para salir de la ilusión que nos envuelve y convertirnos en
creadores de nuestra propia realidad, reintegrándonos en
Así sea.