Solo una hoja caída

Iba abstraído por la calle cuando me llamó la atención una hoja caída en el suelo. Era solo una hoja que amarilleaba y por sus proporciones deducí que debía de proceder de un árbol hermoso.

 En ella vi belleza e inteligencia y la hoja expresaba el fin de un ciclo que se había cumplido con dignidad. En si misma no era nada, pero cuando en su día ondeaba orgullosa en el aire junto a sus hermanas, había sido el sostén de un gran árbol y el punto a través del cual recibía el flujo de vida, a través del sol, del oxígeno del aire y del carbono ambiental.

 Durante su corta pero intensa vida, había dado cobijo y alimento a multitud de vidas menores y junto con sus compañeras había aliviado el calor en esos días en que tanto se agradece una sombra. Mediante su metabolismo había también contribuido a equilibrar los niveles de oxígeno en la atmósfera. Esto último da idea de la importancia de todos los componentes de la naturaleza en el eslabonamiento global de equilibrio.

 Y aún ahora, caída como estaba, servía de alimento a algunos insectos pequeños, a multitud de microorganismos y hongos que la ayudarían en el proceso de devolver a la Madre Tierra la sustancia que el árbol había tomado prestada para darle forma y vida.

 A través de ella se adivinaba la fuerza del árbol que la engendró, su textura expresaba fuerza, y se veían claramente las nervaduras por donde los fluidos vitales habían circulado. Era de forma triangular, pero cada una de las tres ramas era en sí como una hoja menor y las nervaduras intermedias repetían ese patrón, lo cual daba idea de que el patrón global está impreso en los componentes simples, reflejo de la naturaleza holográfica del universo. La estructura del trasdós era de una belleza y eficiencia increíble, y todos los nervios estaban entrelazados formando una trama geométrica perfecta.

 Se me evidenció su ciclo vital, y sentí a través de ella la alegría y la fuerza naciente que había experimentado en la primavera pasada y la exuberancia de su verano y con ello, experimenté el ritmo vital de muerte y renacimiento.

 Y me sentí culpable, por la insensibilidad que solemos mostrar respecto a nuestro entorno y a lo que ocurre alrededor nuestro y también por no levantar más la mirada hacía el cielo, donde a nivel de las copas de los árboles se desarrolla otro ciclo vital, paralelo al nuestro, pero interdependiente. Con esta actitud, nos perdemos el ritmo de las estaciones y el pulso vital de la naturaleza, y nos desarraigamos, quedando inmersos en nuestra burbuja mental, cuando aquel ritmo quizá nos ayudaría a encontrar un sentido más sencillo a nuestras vidas.

 Todo esto estaba grabado allí, en esta humilde y aún gallarda hoja, quizás consciente y resignada ella de que formaba parte de un ciclo mayor.

 Y pensé que esa podría ser una representación muy válida de lo que era nuestra vida, si no fuese que la mayor parte de las veces no somos conscientes de ello.

 Francesc, diciembre 06