¿En quién y en qué debo creer?

 

 

 

En el mundo actual, existe gran cantidad de información, que está a disposición de la humanidad que tiene los medios para alcanzarla, especialmente en lo que llamamos mundo desarrollado. Es el objeto de este pequeño estudio el enfoque y grado de fiabilidad que podemos depositar en los contenidos y creencias espirituales que existen en la sociedad actual, que en mayor o menor grado, y directa o indirectamente influyen y condicionan nuestras vidas.

 

Empezando por aquellas creencias que disponen de más adeptos y rigen como  oficialmente aceptadas en los distintos países, (hablamos de las religiones del mundo), podemos observar que en general están basadas en dogmas de fe dictados en sucesivas épocas, y en una Teología desarrollada en base a enseñanzas escritas en libros como La Biblia, La Torá, El Corán, y otros.

 

Si analizamos el proceso de creación de estos libros sagrados, nos damos cuenta que al margen de que sus contenidos hayan sido recogidos con más o menos fidelidad en base a las interpretaciones de los discípulos que recibieron el conocimiento, con posterioridad han sido transcritos, traducidos y adaptados a lo largo del tiempo por otros discípulos o teólogos encargados de preservar y propagar aquellas enseñanzas, lo cual en el mejor de los casos agrega a la esencia del contenido, un factor objetivo aportado por el que realiza el trabajo y que en mayor o menor grado desvirtúa el contenido original, esto sin menoscabo de que directamente se haya llegado a manipular este contenido para ajustarlo a otros intereses.    

 

Los dogmas de fe y la Teología en realidad están hechos por un lado para dar al individuo respuestas fijas para la mayoría de los temas que no tienen explicación dentro del campo de percepción habitual del ser humano, y que a menudo surgen como preguntas que uno se hace cuando intenta encontrar una explicación a la vida y a sus circunstancias, y por otro para dar unas pautas de conducta o normas de vida que encaucen la actividad humana dentro de unos cauces, limitando así los excesos. Esto que a priori puede parecer bueno, tiene una parte negativa, y es que en realidad exime el trabajo mental de busca de respuestas, y sustituye este proceso de búsqueda por respuestas prefijadas. Al individuo se le da una explicación y se le dice lo que ha de hacer, cuando en realidad lo único importante es aquello que el hombre puede comprender y aprender por si mismo. Aquí el trabajo mental hubiera tenido como consecuencia una apertura de conciencia y la posibilidad de una comprensión más amplia, y este potencial queda neutralizado con las creencias aceptadas devocionalmente. Asimismo, las normas de vida no pueden ser estáticas en el tiempo, y ni siquiera pueden ser iguales para todos los individuos.

 

Normalmente los cambios suceden en épocas de crisis, porque en el día a día, tenemos la mente ocupada en mil y un pensamientos que nos impiden la reflexión, y es en estas épocas es cuando nos vemos abocados a enfrentar y tratar de entender lo que nos sucede, o lo que es lo mismo, nos volvemos un poco más conscientes. Todo el mundanal ruido pasa a segundo término, y nos centramos en lo que es importante. Uno de los logros que debe superar el hombre en su evolución, es gestionar adecuadamente el mecanismo mental, y evitar que la mente esté desordenada en una actividad frenética. Debemos poner orden en nuestras ideas, y esto se logra siendo conscientes de lo que pensamos en cada momento, debiendo limitar en lo posible la anarquía, representada esotéricamente por el mono o la mariposa (por los saltos que dan sin parar).

 

Hay que reconocer por otro lado, la existencia del fenómeno místico, que se puede dar en todos credos si el hombre adquiere verdadera fe. Esto da lugar a un progreso espiritual de carácter más bien emocional, como pueda ser el caso de algunas personas devotas. Pero debe advertirse que este camino emocional tiene sus peligros; puede dar paso con facilidad lugar al fanatismo, o al error de interpretar como divinas algunas percepciones que en realidad son creaciones humanas. En este proceso, la mente apenas interviene, lo cual le impide beber de la verdadera fuente, y la ofuscación puede llevar al individuo a defender las creencias en las que ha basado su vida hasta donde sea (radicalismo).  

 

El conflicto aparece con la constatación de que las estructuras sobre las que se apoyan  estas iglesias, soportan mal la evolución en el tiempo, y algunos planteamientos que nos quieren imponer llegan a ser absurdos e inadecuados a los ojos de la humanidad actual, aunque hubiesen sido creíbles en otras épocas, y lo sean aún hoy en día en aquellos sitios donde hay marginalidad y en consecuencia carencias formativas en el ser humano. Pero hay que resaltar, que si tratamos de recomponer las enseñanzas originales sobre las que se basaron los credos de la mayoría de las religiones, y los evaluamos a la luz del conocimiento actual, resulta evidente la validez de aquellos principios, aunque viesen la luz en la época más adecuada en cada caso. Tal y como señala H.P.Blavatsky, eminente y controvertida autora de libros de enseñanza esotérica, habría un origen o nexo común o base de partida de todas las religiones, como si en cada tiempo, hubiesen ido aflorando los principios más adecuados, que luego fueron diversificándose y degradándose en el transcurso de las épocas.

 

Gran parte de las normas dictadas por las Iglesias, fueron en su tiempo medidas higienistas, es decir la religión velaba y dictaba las normas que eran necesarias para preservar el orden, la salud y la moral, como pudo ser la abstención de comer determinados alimentos, la castidad (ambos para evitar la enfermedad y el desenfreno), los hábitos en el vestir, y hasta se pronunciaron en los asuntos científicos.

 

Las Iglesias se ven pues hoy ante la doble contradicción de que no pueden cambiar abiertamente sus dogmas, pues han sido dictados por “representantes de Dios” la mayoría santificados, y por otro lado no son válidos para la humanidad desarrollada, pues bastantes de las normas que existen son sencillamente caducas. El cambio de algunas creencias básicas pondría de manifiesto que la mayoría del conjunto de dogmas e interpretaciones son obra de los hombres y no tanto de Dios, y  restaría fiabilidad y en definitiva poder a la propia Iglesia. No quiero  ni pensar la posibilidad de que se mantengan adrede para mantener al individuo en la ignorancia, con el fin de conservar la cuota de poder. Aquello explicaría el conservadurismo existente, ya que no hay que olvidar que hoy en día una mayoría de creyentes proceden de zonas subdesarrolladas, donde aún tienen cabida estos principios. Otro aparte merecen los abusos perpetrados en nombre de Dios en todas las épocas, y que claramente nos indica que aquellos religiosos estaban en la zona místico-emocional y padecían y padecen de fanatismo.

 

Las crisis de fe que tienen las diversas creencias, la evolución de los individuos y el establecimiento de unas reglas sociales ha motivado que las Religiones dejaran de ser las que marcaban las normas éticas y morales. Si juntamos a ello la mala situación mundial, centrada en el egoísmo, la insolidaridad, la falta de conciencia y el materialismo, tenemos un indicador de la situación de desequilibrio y de injusticia reinantes en el Mundo.

 

Estas circunstancias, han originado la aparición de otros movimientos religiosos, espirituales y civiles alternativos, lo que se ha traducido en la proliferación de las sectas, nuevos credos, y movimientos como el de la “Nueva Era”. Hay también grupos de estudios espiritualistas que buscan las respuestas y las reglas en los antiguos escritos de sabiduría. Todos estos movimientos tienen distintos enfoques, pero en definitiva todos buscan una nueva sociedad alternativa y un nuevo sistema de valores. Como siempre, ha habido aventajados sin escrúpulos que se han aprovechado del momento de transición actual, para encontrar en estos movimientos una oportunidad de obtener sus objetivos personales, lo que ha motivado daño y descrédito para la verdadera espiritualidad.

 

El hombre, en las áreas más desarrolladas, ha alcanzado un cierto nivel de desarrollo como individuo y empieza a ser consciente, y esto se refleja en una sed de conocimientos que le impele a buscar respuestas entre las distintas alternativas. Estas nuevas necesidades espirituales vienen acrecentadas por conflictos emocionales derivados de la desestructuración de la sociedad, y por las propias carencias del individuo al fijarse unas metas que no pertenecen a su Yo verdadero, sino que son inducidas por la avalancha de estímulos e información que recibimos a diario.

 

Al camino de búsqueda espiritual llega después de un cierto desengaño en nuestra vida, por estar basada en patrones inducidos como “si hago esto seré feliz”, o si “me compro este coche o esta casa”, o “esta es la mujer de mi vida”, que no son más que proyecciones que el propio individuo realiza, aunque le sirvan para llenar un vacío. Dice el “Maestro Tibetano”, “habiendo agotado todas las metas tangibles, la vida interna obliga al hombre a ir hacia lo intangible

 

A consecuencia de las causas anteriormente señaladas o por circunstancias excepcionales a las que el hombre puede verse sometido, como enfermedades, aislamiento, etc., el individuo puede caer en un estado de depresión, o lo que es peor, de desesperación, y llega a una situación de debilidad y de baja autoestima. En este estado se es muy vulnerable a aceptar cualquier creencia que llene el vacío y le devuelva una cierta estabilidad psicológica, y es una situación de la que se pueden aprovechar algunas sectas destructivas u otros movimientos cuyas motivaciones puede que no sean del todo altruistas. Estas organizaciones, le ofrecen amparo al y le engloban dentro de unos ideales comunes, con una serie de pseudo-verdades que absorbe sin analizar en profundidad al tener debilitados sus mecanismos de defensa. El individuo obtiene el engañoso resultado de sentirse arropado, aunque al precio de que su voluntad sea secuestrada psicológicamente, quedando así a merced de otros intereses.

 

Aún hay que señalar otro peligro, y es que la propia necesidad emocional genere espejismos espirituales, y así nacen movimientos alrededor de determinados líderes carismáticos, que inducen una religiosidad basada en la emotividad, en la que se invocan a determinados Maestros o Santos. Estas creencias pueden ofrecer un cierto consuelo a sus fieles, pero no hay olvidar que se trata de un pobre reflejo que nos atrae (el canto de sirenas de Ulises). Contra esto nos han prevenido la obra escrita de todos los Maestros: el resultado es una obscuración de lo verdadero y un retraso en la evolución, y después habrá que desandar el camino.

 

Es indudable que en la historia de la Humanidad, han existido en todas las épocas determinados individuos excepcionales que podríamos calificar de Maestros. Estos seres avanzados han contribuido en momentos estratégicos a dar impulsos evolutivos importantes a la humanidad, y su principal característica identificativa en primer lugar es que su enseñanza no caduca, sus principios son siempre aplicables, y en segundo lugar, huyeron del apego del discípulo y evitaron la veneración. El ser humano debe evitar ser dependiente de nada ni de nadie, para erigirse en “gestor integral de su propia experiencia”, y tomar por derecho aquello que le es propio, es decir su parte causal o espiritual.

 

Hay también algunos humanos dotados de sensibilidad especial, que realizan canalizaciones o entran en contacto con “entidades” que pertenecen a otra dimensión que podríamos llamar espiritual. Dejando al margen el hecho de que es una experiencia personal a la que el resto de humanidad no tiene acceso, es cierto que existen algunos escritos y comunicaciones de impactante sabiduría y belleza, que hacen pensar en la existencia de más cosas y más inteligencia de las que apreciamos con nuestros sentidos.

 

Tras esta exposición, en la que hemos perfilado un poco la situación actual del mundo espiritual en nuestra sociedad, retomamos el tema de la pregunta inicial, formulando las siguientes observaciones:

 

El verdadero camino espiritual, trata del reconocimiento en uno mismo, de la existencia de algo subjetivo, algo que no es afecto a las circunstancias externas y que trasciende las emociones. Ese algo más, puede ser percibido como un sentimiento muy especial, como una sensación de plenitud, como una luz que nos inspira, como un sentido de unicidad global o una sensación de amor muy especial y no dirigida a ningún objeto. Como se ha dicho, este reconocimiento es ajeno al tiempo y al mundo fenoménico.

 

En este sendero, solo valen las experiencias o percepciones que personalmente podamos tener, y forzosamente debemos recorrerlo nosotros mismos, y es que se dice que “una vez en el sendero nos convertimos en el propio sendero”. Este es el verdadero sentido que se adquiere con el trabajo mental. Aunque la frase puede tener más de una interpretación, se refiere a que la propia luz nos guía, y que reconocemos a nuestra conciencia en la propia luz que ha irrumpido en la mente.

 

Se puede llegar al camino espiritual desde varios puntos de partida: si se tienen creencias religiosas, en base a un serio estudio de los verdaderos principios, evitando perderse en la tradición y los ritos, y también profundizando en el mensaje de los Maestros. Llegará un momento que se trascenderá la Religión, pues pasaremos a alimentarnos directamente de la fuente. También podemos llegar al camino a través del Arte, pues el desarrollo de la sensibilidad nos acerca a la percepción del Alma, o a través de la solidaridad, que nos acerca también al sentido de Unicidad. En todos los casos y en otros que no he mencionado, es necesario siempre un trabajo mental de estudio y reflexión que nos lleve a un conocimiento básico de las verdades que recordemos que debemos sentir por convencimiento propio.

 

En mi caso, las enseñanzas orientales son las que más conocimiento me han aportado, y la religión budista es la que me ha parecido menos distorsionada, si bien es de notar que el sentido del amor lo he desarrollado a través de las enseñanzas del maestro Jesús. Personalmente, aunque soy católico no practicante, no me he vinculado con ninguna, y pienso que todas tienen una base aprovechable.

 

Es necesario también equilibrar nuestra personalidad, ya que si existen bloqueos, difícilmente vamos a poder entrar en el mundo de lo subjetivo. Para lograr este equilibrio, es necesario un serio estudio de la situación personal, especialmente si se está sometido a circunstancias de especial dureza. Debemos ser capaces de evaluar:

 

Como nos sentimos, si nos autoinculpamos de algo, si esta situación viene dada por la concurrencia de circunstancias o por las propias actitudes, que nos agobian y adonde dirigimos los pensamientos. En virtud de las conclusiones, se deben aplicar las medidas correctoras oportunas, teniendo presente que si algo no puede evitarse, se debe aceptar con plena consciencia de ello, en espera de mejores circunstancias. Después, el trabajo debe centrarse en:

 

1 Analizar nuestras proyecciones, es decir que objetivos tenemos, en que están basadas nuestras perspectivas y en que creemos. Si decidimos fijarnos otras metas, debemos evitar adoptar lo que le va bien a otro por comparación, pues no siempre lo que es bueno para uno lo es para todos, y cada individuo debe escoger y encontrar su propio camino.

 

2 Leer libros de espiritualidad. Aunque al principio quedamos indecisos ante la avalancha de temas publicados, a medida que vamos leyendo se va descartando la paja para ir precisando más en los textos que realmente aportan conocimiento. Puede pedirse opinión a alguien de confianza para ir más enfocado.

 

3 Realizar un trabajo de interiorización, y para ello debemos introducir la meditación regularmente en nuestros hábitos. También puede ser útil la asistencia a cursos o talleres de relajación y autoayuda y la practica de disciplinas como el Yoga o Tai-Chi.

 

4 Es recomendable rodearse de un entorno sensible a temas espirituales, con el que podremos dialogar, obtener orientación e intercambiar experiencias. Se deben evitar los ambientes demasiado crédulos o basados en la emotividad. La verdadera espiritualidad, aunque expresa alegría, es algo muy serio y profundo, que requiere silencio en lo externo.

 

Siguiendo estas disciplinas, poco a poco iremos introduciéndonos en la percepción espiritual, que es en realidad el verdadero objetivo de nuestras vidas, para una vez adquirida la consciencia regresar de vuelta a la fuente que nos ha creado. El proceso necesita perseverancia y aspiración, y será más o menos lento en función de la situación de equilibrio logrado en la personalidad. En definitiva, la respuesta a la pregunta inicial ¿en quien y en qué debo creer? Ya la respondería con la siguiente frase:

 

Debo creer en la existencia de algo que es la causa de todo lo que es, y de lo cual soy una chispa vinculada a un cuerpo pensante. Por tanto, debo creer en mí como reflejo de algo superior, y he de esforzarme en adquirir consciencia de aquello que me creó. Solo así y desde el puesto del observador en los planos causales, es posible lograr la armonía, o mejor dicho recuperarla.

 

Lo expresado es una opinión. Francesc 27-08-2004