LA
TOLERANCIA
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En
un arrebato de optimismo, Confucio soñó con una época de tolerancia universal en
la que los ancianos vivirían tranquilos sus últimos días; los niños crecerían
sanos; los viudos, las viudas, los huérfanos, los desamparados, los débiles y
los enfermos encontrarían amparo; los hombres tendrían trabajo, y las mujeres
hogar; no harían falta cerraduras, pues no habría bandidos ni ladrones, y se
dejarían abiertas las puertas exteriores. Esto se llamaría la gran
comunidad.
El
mundo sueña con la tolerancia desde que es mundo, quizá porque se trata de una
conquista que brilla a la vez por su presencia y por su ausencia. Se ha dicho
que la tolerancia es fácil de aplaudir, difícil de practicar, y muy difícil de
explicar. Aparece como una noción escurridiza que, ya de entrada, presenta dos
significados bien distintos: permitir el mal y respetar la diversidad. Su
significado clásico ha sido «permitir el mal sin aprobarlo». ¿Qué tipo de mal?
El que supone no respetar las reglas de juego que hacen posible la sociedad. Si
algunos no respetan esas reglas comunes, la convivencia se deteriora y todos
salen perdiendo. Por ello, quien ejerce la autoridad -el gobernante, el padre de
familia, el profesor, el policía, el
árbitro-
está obligado a defender el cumplimiento de la norma
común.
Defender
una ley, una norma o costumbre, implica casi siempre no tolerar su
incumplimiento. Pero hay situaciones que hacen aconsejable permitir la posición
de fuera de juego y «hacer la vista gorda». Esas situaciones constituyen la
justificación y el ámbito de la tolerancia entendida como permisión del mal.
Hacer la vista gorda es un giro insuperable, porque expresa algo tan complejo
como disimular sin disimular, darse y no darse por enterado. Esa es precisamente
la primera acepción de tolerancia, prerrogativa del que tiene la sartén por el
mango, que libremente modera el ejercido del poder.
Los
clásicos llamaron clemencia a la tolerancia política. Séneca escribió el tratado
De clementia para influir sobre un Nerón que empezaba a mostrar su cara
intolerante. El filósofo estoico profundiza en la naturaleza del poder y
presenta un verdadero programa de gobierno: el príncipe, corno alma que informa
y vivifica el cuerpo del Estado, debe gobernar con una justicia atemperada por
la demencia, que es moderación y condescendencia del poderoso. En El mercader de
Venecia, Shakespeare hace un elogio insuperable de la clemencia: bendice al que
la concede y al que la recibe; es el semblante más hermoso del poder, porque
tiene su trono en los corazones de los reyes; sienta al monarca mejor que la
corona, y es un atributo del mismo Dios. De forma parecida, Cervantes hace decir
a don Quijote que se debe frenar el rigor de la ley, pues «no es mejor la fama
del juez riguroso que la del compasivo». Y da este sabio consejo a Sancho,
Gobernador de la ínsula
Barataria:
«Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino
con el de la misericordia».
Decidir
cuándo y cómo conviene hacer la vista gorda es un arte difícil, que exige
conocer a fondo la situación, evaluar lo que está en juego, sopesar los pros y
los contras, anticipar las consecuencias, pedir consejo y tomar una decisión.
Está en juego el propio prestigio de la autoridad, la posible interpretación de
la tolerancia como debilidad o indiferencia, la creación de precedentes
peligrosos. Por ello, el ejercicio de la tolerancia se ha considerado siempre
como una manifestación muy difícil de prudencia en el arte de gobernar. Marco
Aurelio reconoce que recibió de su antecesor, el emperador Antonino Pío, la
experiencia para distinguir cuándo hay necesidad de apretar y cuándo de
aflojar.
Hay
una tolerancia propia del que exige sus derechos. La oposición de Gandhi al
gobierno británico de la India no es visceral sino tolerante, fruto de una
necesaria prudencia. En sus discursos repetirá incansable que, «dado que el mal
sólo se mantiene por la violencia, es necesario abstenernos de toda violencia».
Y que, «si respondemos con violencia, nuestros futuros líderes se habrán formado
en una escuela de terrorismo». Además, «si respondemos ojo por ojo, lo único que
conseguiremos será un país de ciegos».
¿Cuándo
se debe tolerar algo? La respuesta genérica es: siempre que, de no hacerlo, se
estime que ha de ser peor el remedio que la enfermedad. Se debe permitir un mal
cuando se piense que impedirlo provocará un mal mayor o impedirá un bien
superior. La tolerancia se aplica a la luz de la jerarquía de bienes. Ya en la
Edad Media se sabia que «es propio del sabio legislador permitir las
transgresiones menores para evitar las mayores». Pero la aplicación de este
criterio no es nada fácil. Hay dos evidencias claras: que hay que ejercer la
tolerancia, y que no todo puede tolerarse. Compaginar ambas evidencias es un
arduo problema. ¿Deben tolerarse la producción y el tráfico de drogas, la
producción y el tráfico de armas, la producción y el tráfico de productos
radiactivos? ¿Es intolerante el Gobierno alemán cuando prohibe actos públicos de
grupos neozazis? ¿Y el Gobierno francés cuando clausura dos periódicos
musulmanes ligados al terrorismo argelino? ¿Son intolerantes las legislaciones
que prohiben el aborto?
Todos
los análisis realizados con ocasión del Año Internacional de la Tolerancia
aprecian la dificultad de precisar su núcleo esencial: los límites entre lo
tolerable y lo intolerable. John Locke, en su Carta sobre la tolerancia, asegura
que «el magistrado no debe tolerar ningún dogma adverso y contrario a la
sociedad humana o a las buenas costumbres necesarias para conservar la sociedad
civil». Un límite tan expreso como impreciso, pero quizá el único posible. Hoy
lo traducimos por el respeto escrupuloso a los Derechos Humanos, pomposo nombre
para un cajón de sastre donde también caben, si nos empeñamos, interpretaciones
dispares.
Ante
una realidad con tantas lecturas y conflictos como individuos, no queda más
remedio que confiar a la ley el trazado de la frontera entre lo tolerable y lo
intolerable. Y aceptar la interpretación del juez. En todo lo que la ley
permite, hay que ser tolerante. En lo que la ley no permite, el juez y el
gobernante pueden ejercer la tolerancia con prudencia. Pero hay leyes injustas
que toleran la injusticia, y jueces y gobernantes que juegan con las leyes
justas. En ese caso, mientras se espera y se lucha por tiempos mejores, conviene
recordar que ya Platón consideraba la corrupción del gobernante como lo más
desesperanzador que puede lamentarse en una sociedad. La violación de la
justicia por el máximo responsable de protegerla no es una sorpresa para nadie,
y sólo cabe evitarla si el gobernante es capaz de encarnar el consejo de Caro
Baroja: «mientras no haya una conducta moral individual estrictamente limpia,
todo lo demás son mandangas».
La
segunda acepción de tolerancia es «respeto a la diversidad». Se trata de una
actitud de consideración hacia la diferencia, de una disposición a admitir en
los demás una manera de ser y de obrar distinta de la propia, de la aceptación
del pluralismo. Ya no es permitir un mal sino aceptar puntos de vista diferentes
y legítimos, ceder en un conflicto de intereses justos. Y como los conflictos y
las violencias son la actualidad diaria, la tolerancia es un valor que necesaria
y urgentemente hay que promover.
Ese
respeto a la diferencia tiene un matiz pasivo y otro activo. La tolerancia
pasiva equivaldría al «vive y deja vivir», y también a cierta indiferencia. En
cambio, la tolerancia activa viene a significar solidaridad, una actitud
positiva que se llamó desde antiguo benevolencia. Los hombres, dijo Séneca,
deben estimarse como hermanos y conciudadanos, porque «el hombre es cosa sagrada
para el hombre». Su propia naturaleza pide el respeto mutuo, porque «ella nos ha
constituido parientes al engendrarnos de los mismos elementos y para un mismo
fin». Séneca no se conforma con la
indiferencia:
«¿No derramar sangre humana? ¡Bien poco es no hacer daño a quien debemos
favorecer!». Por naturaleza, «las manos han de estar dispuestas a ayudar», pues
sólo nos es posible vivir en sociedad: algo «muy semejante al abovedado, que,
debiendo desplomarse si unas piedras no sostuvieran a otras, se aguanta por este
apoyo mutuo». La benevolencia nos prohibe ser altaneros y ásperos, nos enseña
que un hombre no debe servirse abusivamente de otro hombre, y nos invita a ser
afables y serviciales en palabras, hechos y sentimientos (Epístolas a
Lucilio).
En
sus Pensamientos, el emperador Marco Aurelio nos confía que «hemos nacido para
una tarea común, como los pies, como las manos, como los párpados, como las
hileras de dientes superiores e inferiores. De modo que obrar unos contra otros
va contra la naturaleza». Igual que nuestros cuerpos están formados por miembros
diferentes, la sociedad está integrada por muchas personas diferentes, pero
todas llamadas a una misma colaboración. Por eso, «a los hombres con los que te
ha tocado vivir, estímalos, pero de verdad». Esta comprensión hacia todos debe
llevarnos a pasar por alto lo molesto y desagradable, no con desprecio, sino con
intención positiva: «Si puedes, corrígele con tu enseñanza; si no, recuerda que
para ello se te ha dado la benevolencia. También los dioses son benevolentes con
los incorregibles». Con resonancias socráticas, Marco Aurelio también dirá que
«se ultraja a sí mismo el hombre que se irrita con otro, el que vuelve las
espaldas o es hostil a alguien».
Voltaire,
al finalizar su Tratado sobre la tolerancia, eleva una oración en la que pide a
Dios que nos ayudemos unos a otros a soportar la carga de una existencia penosa
y pasajera; que las pequeñas diversidades entre los vestidos que cubren nuestros
débiles cuerpos, entre todas nuestras insuficientes lenguas, entre todos
nuestros ridículos usos, entre todas nuestras imperfectas leyes, entre todas
nuestras insensatas opiniones, no sean motivo de odio y de
persecución.
En
la misma estela de los grandes clásicos, el discurso final de Charles Chaplin en
El Gran Dictador, es un canto a la tolerancia donde parece que oímos la vieja
melodía de Confucio: -Me gustaría ayudar a todo el mundo si fuese posible: a los
judíos y a los gentiles, a los negros y a los blancos (
... ). La vida puede ser libre y bella, pero necesitamos humanidad antes
que máquinas, bondad y dulzura antes que inteligencia (
... ). No tenemos ganas de odiarnos y despreciarnos: en este mundo hay
sitio para todos ( ... ). Luchemos por abolir las
barreras entre las naciones, por terminar con la rapacidad, el odio y la
intolerancia ( ... ). Las nubes se disipan, el sol
asoma, surgimos de las tinieblas a la luz, penetramos en un mundo nuevo, un
mundo mejor, en el que los hombres vencerán su rapacidad, su odio y su
brutalidad. «se ultraja a sí mismo el hombre que se
irrita con otro, el que vuelve las espaldas o es hostil a
alguien»
Las
profecías de Confucio y de Charles Chaplin no se han cumplido.
Al
contrario:
Naciones Unidas ha proclamado 1995 Año Internacional de la Tolerancia, después
de medio siglo de Auschwitz e Hirosima, porque se ha roto el consenso del «nunca
más». La condición de toda «educación tras Auschwitz», propuesta por Theodor
Adorno, ha fracasado. ¿«Nunca más» campos de concentración en Alemania cuando
otros se han llenado en Bosnia? ¿«Nunca más» genocidios cuando el mundo sabe y
tolera que mujeres, ancianos y niños hayan sido de nuevo vejados, torturados,
violados o deportados en vagones de ganado?
En
estos años de fervor tolerante apreciamos en la tolerancia tres patologías.
Primera patología: el abuso de la palabra. Dicen los pedagogos que el grado de
eficacia de un consejo paterno está en relación inversa al número de veces que
se repite. La tolerancia también puede aburrir por saturación, devaluarse por
tanta repetición y manoseo. La sensibilidad humana crece salvaje si no se
cultiva, pero también puede estragarse por sobredosis. Además, en la tolerancia
se cumple el refrán «del dicho al hecho hay un trecho». Es decir, si sólo hay
declaración de buenas intenciones, sólo habrá palabrería
ineficaz.
Segunda
patología: la intolerancia enmascarada. Debajo de muchas exhibiciones de
tolerancia se esconde la paradoja del «dime de qué presumes y te diré de qué
careces». Voltaire se pasó media vida escribiendo sobre la tolerancia y avivando
los odios contra judíos y cristianos. Se veía a sí mismo como patriarca de la
tolerancia, pero su amigo, Diderot lo retrató como el Anticristo, y media Europa
le rechazó por no ver en él más que el genio del odio. En una de sus perlas más
conocidas asegura que si «Jesucristo necesitó doce apóstoles para propagar el
Cristianismo, yo voy a demostrar que basta uno solo para destruirlo». Por
último, en el deslizamiento de la tolerancia hacia el permisivismo encontramos
la tercera patología. Las consecuencias de este falseamiento son más graves en
el ámbito de la educación escolar. Cuando en una tragedia de Eurípides se dijo
que en materia de virtud lo mejor era mirar todo con indulgencia, Sócrates se
puso en pie, interrumpió a los actores y dijo que le parecía ridículo consentir
que se corrompiera así la educación.
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