'Un partido político es una organización construida para ejercer una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que son sus miembros. El primer fin y, en último análisis, el único fin de todo partido político es su propio crecimiento, y esto sin límite alguno. Debido a este triple carácter, todo partido es totalitario en germen y en aspiración'.

 

NOTA SOBRE LA SUPRESIÓN GENERAL

DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS (1943)

 

Instituto Simone Weil, AC.

Valle de Bravo, México

smvalls@prodigy.net.mx

 

Sólo lo que es justo es legítimo. El crimen y la mentira no lo son en ningún caso.

 

Nuestro ideal republicano procede enteramente de la noción de voluntad general derivada de Rousseau. Pero el sentido de la noción se perdió casi enseguida, puesto que es compleja y requiere un grado de atención elevado.

 

Aparte de ciertos capítulos, pocos libros son tan hermosos, fuertes, lúcidos y claros como El contrato social. Se dice que pocos libros han tenido tanta influencia. Pero de hecho todo sucedió y continúa como si jamás hubiera sido leído.

 

Rousseau partía de dos evidencias. La una, que la razón discierne y escoge la justicia y la utilidad inocente, y que todo crimen tiene por móvil la pasión. La otra, que la razón es idéntica en todos los hombres, mientras que las pasiones, lo más a menudo, difieren. En consecuencia, si cada cual reflexiona sobre un problema general enteramente solo y expresa su opinión, y si seguidamente las opiniones son comparadas entre sí, probablemente han de coincidir por el lado justo y razonable de cada una y diferirán por el lado de las injusticias y de los errores.

 

Es únicamente en virtud de un razonamiento semejante que se admite que el consenso universal indica la verdad.

 

La verdad es una. La justicia es una. Los errores, las injusticias son indefinidamente variables. Así los seres humanos convergen en lo justo y verdadero, mientras que la mentira y el crimen los hace indefinidamente separarse. Siendo la unión una fuerza material, puede esperarse encontrar en esto un recurso para hacer que la verdad y la justicia aquí abajo resulten materialmente más fuertes que el crimen y el error.

 

Para ello es necesario disponer de un mecanismo adecuado. Si la democracia constituye un mecanismo tal, es buena. De otra forma no.

 

Un deseo injusto común a toda la nación no era de ninguna forma superior, a los ojos de Rousseau -y estaba en lo cierto-, al deseo injusto de un hombre.

 

Rousseau pensaba solamente que, lo más a menudo, un deseo común a todo un pueblo es de hecho conforme a la justicia, dada la neutralización mutua y la compensación de las pasiones particulares. Era para él el único motivo de preferir el deseo del pueblo a un deseo particular.

 

Es así como un cuerpo de agua, aunque compuesto de partículas que se mueven y se precipitan sin cesar, se encuentra en un equilibrio y un reposo perfectos. Le devuelve a los objetos sus imágenes con una veracidad irreprochable. Indica perfectamente el plan horizontal. Dice sin error la densidad de los objetos que se sumergen en él.

 

Si individuos apasionados, inclinados por la pasión al crimen se conforman de la misma manera en un pueblo verídico y justo, entonces es bueno que el pueblo sea soberano. Una constitución democrática es buena si en primer lugar logra crear en el pueblo tal estado de equilibrio y si, seguidamente, permite que los deseos del pueblo sean ejecutados.

 

El verdadero espíritu de 1789 consiste en pensar, no que una cosa sea justa porque el pueblo la quiere, sino que en ciertas condiciones el deseo del pueblo tiene más posibilidades que ningún otro deseo de ser conforme a la justicia.

 

Hay varias condiciones indispensables para poder aplicar la noción de voluntad general. Dos en particular deben de retener la atención.

 

Una es que en el momento en que el pueblo toma conciencia de uno de sus deseos y lo expresa, no haya ninguna especie de pasión colectiva.

 

Es enteramente evidente que el razonamiento de Rousseau se va por los suelos desde el momento en que hay pasión colectiva. Rousseau lo sabía muy bien. La pasión colectiva es un impulso para el crimen y para la mentira, infinitamente más poderosa que ninguna pasión individual. Los malos impulsos, en este caso, lejos de neutralizarse, se apoyan mutuamente hasta la milésima potencia. La presión es casi irresistible, excepto para los santos auténticos. (...)

 

Cuando hay pasión colectiva en un país, hay probabilidad de que cualquier voluntad particular se encuentre más cerca de la justicia y de la razón que la voluntad general, o más bien, lo que constituye su caricatura.

 

La segunda condición es que el pueblo tenga que expresar su deseo en relación a los problemas de la vida pública, y no hacer solamente una selección de personas. Aún menos una selección de colectividades irresponsables. Puesto que la voluntad general no tiene ninguna relación con ese tipo de selección.

 

Un partido político es una maquinaria para la fabricación de pasión colectiva.

 

Un partido político es una organización construida para ejercer una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que son sus miembros.

 

El primer fin y, en último análisis, el único fin de todo partido político es su propio crecimiento, y esto sin límite alguno.

 

Debido a este triple carácter, todo partido es totalitario en germen y en aspiración. Si no lo es de hecho es solamente porque los que lo rodean no lo son menos que él (...)

 

El tercero es un caso particular del fenómeno que se produce siempre que lo colectivo domina a los seres pensantes. Se trata de la inversión de la relación entre el fin y los medios. Donde quiera, sin excepción, todas las cosas generalmente consideradas como fines son por naturaleza, por definición, por su esencia y de la forma más evidente tan sólo medios. (...)

 

Dinero, poder, Estado, grandeza nacional, producción económica, diplomas universitarios y muchas cosas más.

 

Sólo el bien es un fin. Todo lo que pertenece al ámbito de los hechos es de la categoría de los medios. Pero el pensamiento colectivo es incapaz de elevarse por encima del ámbito de los hechos . Es un pensamiento animal. No tiene la noción del bien más que justo lo suficiente para cometer el error de tomar tal o tal medio por un bien absoluto.

 

Así sucede con los partidos. Un partido es en principio un instrumento para servir a cierta concepción del bien público. (...)

 

El fin de un partido político es cosa vaga e irreal. Si fuera real, exigiría un gran esfuerzo de atención, puesto que una concepción del bien público no es cosa fácil de pensar. La existencia del partido es algo palpable, evidente, y no exige ningún esfuerzo para ser reconocida. Es así inevitable que de hecho el partido sea en sí su propio fin.

 

A partir de ello hay idolatría puesto que Dios sólo es legítimamente un fin en sí.

 

El partido se encuentra, de hecho, debido a los efectos de la ausencia de pensamiento, en un estado continuo de impotencia que atribuye siempre a la insuficiencia del poder del cual dispone. Si fuera dueño absoluto del país, las necesidades internacionales imponen límites estrechos.

 

Así la tendencia esencial de los partidos es totalitaria, no solamente en relación con una nación, sino en relación con el globo terráqueo. Es precisamente porque la concepción del bien público propio a tal o cual partido es una ficción, una cosa vacía, sin realidad, que impone la búsqueda del poder total. Toda realidad implica por sí misma un límite. Lo que no existe en lo más mínimo no es limitable.

 

Es por ello que hay afinidad, alianza entre totalitarismo y mentira.

 

Mucha gente, es cierto, jamás soñaría con un poder total, semejante pensamiento le daría miedo. La idea es vertiginosa, y para sostenerla se necesita cierto tipo de grandeza. Los que son así, cuando se interesan en un partido, se contentan con desear su crecimiento, pero como una cosa que no comporta límite alguno. Si cuentan con tres miembros más que el año anterior, o si la colecta aportó cien francos más, están contentos.

 

Pero desean que eso siga indefinidamente en la misma dirección. Jamás concebirán que su partido pudiera tener en ningún caso demasiados miembros, demasiados electores, demasiado dinero.

 

El temperamento revolucionario lleva a concebir la totalidad. El temperamento pequeño-burgués lleva a instalarse en la imágen de un progreso lento, continuo y sin límite. Pero en ambos casos, el crecimiento material del partido se convierte en el único criterio en relación con el cual se definen en todas las cosas el bien y el mal. Exactamente como si el partido fuera un animal de engorda y que el universo hubiera sido creado para hacerlo engordar.

 

No se puede servir a Dios y a Mammón. Si se tiene un criterio distinto al bien, se pierde la noción del bien.

 

Desde el momento en que el crecimiento del partido constituye un criterio del bien resulta inevitablemente una presión colectiva del partido sobre el pensamiento de los hombres. Esta presión se ejerce de hecho. Se instala públicamente. Es admitida, proclamada. Esto nos causaría horror si la costumbre no nos hubiera endurecido tanto. (...)

 

Un ser que no ha tomado la resolución de fidelidad exclusiva a la luz interior instala la mentira en el centro mismo del alma. Las tinieblas interiores son el castigo que recibe.

 

Vanamente se trataría de salir de tal situación estableciendo una distinción entre libertad interior y disciplina exterior. Porque entonces se hace necesario mentirle al público, hacia quien todo candidato, todo elegido, tiene una obligación particular. (...)

 

Cuando Poncio Pilato le preguntó a Cristo: "¿Qué es la verdad?" Cristo no respondió. Ya había contestado por anticipado diciendo: "He venido a dar testimonio de la verdad."

 

No hay más que una respuesta. La verdad, son los pensamientos que surgen en la mente de una criatura que piensa únicamente, totalmente, exclusivamente deseosa de la verdad.

 

La mentira, el error -palabras sinónimas- son los pensamientos de aquellos que no desean la verdad, y de aquellos que desean la verdad y otra cosa además. Por ejemplo los que desean la verdad y además la conformidad con tal o cual pensamiento establecido.

 

¿Pero cómo desear la verdad sin saber nada de ella? He ahí el misterio de los misterios. Las palabras que expresan una perfección inconcebible para el hombre -Dios: verdad, justicia- pronunciadas interiormente con deseo, sin juntarlas a ninguna concepción, tienen el poder de elevar el alma y de inundarla de luz.

 

Es deseando la verdad en el vacío y sin intentar adivinar por adelantado el contenido, que se recibe la luz. En ello consiste el mecanismo entero de la atención.

 

Es imposible examinar los problemas espantosamente complejos de la vida pública mientras se mantiene uno atento al mismo tiempo, por un lado, a discernir la verdad, la justicia, el bien público y, por otro, a conservar la actitud que conviene a un miembro de un grupo específico. La facultad humana de atención no es capaz simultáneamente de ambas preocupaciones. De hecho, el que se preocupa por una abandona la otra. (...)

 

Cuando hay partidos en un país, resulta de ello más tarde o más temprano un estado de hecho tal, que se hace imposible intervenir eficazmente en los asuntos públicos sin entrar en un partido y jugar el juego. Aquél que se interesa en la cosa pública desea interesarse eficazmente en ella. Así, los que se inclinan a preocuparse por el bien público, o renuncian a pensar en él y dirigen su atención a otra cosa, o pasan por el laminador de los partidos. En este caso también les llegan preocupaciones que eliminan la del bien público.

 

Los partidos constituyen un mecanismo maravilloso en virtud del cual, a través de toda la extensión de un país, ni una sola mente otorga su atención al esfuerzo de discernir en los asuntos públicos, el bien, la justicia, la verdad.

 

De ello resulta que -salvo en un muy pequeño número de coincidencias

fortuitas- no se deciden y ejecutan sino medidas contrarias al bien público, a la justicia y a la verdad...

 

Hay que confesar que el mecanismo de opresión espiritual y mental propio a los partidos fue introducido en la historia por la Iglesia Católica en su lucha contra la herejía.

 

Un convertido que entra en la Iglesia -o un fiel que se debate y decide permanecer en ella- ha percibido en el dogma algo de la verdad y de lo bueno. Pero al traspasar el umbral profesa de un solo tiro no inquietarse por los anathema sit, es decir, aceptar en bloque todos los artículos llamados "de estricta fe". Estos artículos él no los ha estudiado. Aun con un alto grado de inteligencia y de cultura, toda una vida no bastaría para tal estudio, visto que el mismo implica el análisis de las circunstancias históricas de cada condenación.

 

¿Cómo otorgar su adhesión a afirmaciones que uno no conoce? Basta con someterse incondicionalmente a la autoridad de la cual éstas emanan. (...)

 

Que la Iglesia fundada por Cristo haya estrangulado de tal forma el espíritu de la verdad es una trágica ironía, y si, a pesar de la Inquisición no lo logró totalmente, es porque la mística ofrecía un refugio seguro. Esto a menudo ha sido señalado. Pero no ha sido señalada otra ironía trágica: que el movimiento de rebelión contra la estrangulación de las mentes bajo el régimen inquisitorial tomó una orientación tal que continuó con aquella.

 

La Reforma y el Humanismo del Renacimiento, doble producto de esta rebelión, contribuyeron en gran medida a suscitar, después de tres siglos de maduración, el espíritu de 1789. De ello resulto, después de cierta demora, nuestra democracia fundada sobre el juego de los partidos, del cual cada uno es una pequeña Iglesia profana armada con la amenaza de la excomunicación. La influencia de los partidos ha contaminado toda la vida mental de nuestra época. (...)

 

En cuanto a la tercera característica de los partidos, saber que son máquinas para la fabricación de pasión es tan visible que no hay ni siquiera que establecerlo. La pasión colectiva es la única energía de la cual disponen para la propaganda exterior y para la presión ejercida sobre el alma de cada miembro.

 

Se confiesa que el espíritu de partido ciega, hace sorda la justicia, empuja hasta a la gente honesta al más cruel escarnio contra inocentes. Se confiesa, pero no se piensa en suprimir los organismos que fabrican tal espíritu.

 

Y sin embargo se prohiben los estupefacientes.

 

Existen, a pesar de ello, adictos a los estupefacientes. Serían más numerosos si el estado organizara la venta de opio y de cocaína en todas las tabaquerías con anuncios de publicidad para alentar el consumo.

 

La conclusión es que la institución de los partidos parece constituir un mal prácticamente puro. Son malos en principio y en la práctica sus efectos son malos.

 

La supresión de los partidos sería un bien casi puro. Es eminentemente legítimo en principio y no parece suseptible prácticamente más que de buenos efectos.

 

Los candidatos no dirán a los electores: "Tengo tal etiqueta" -lo cual prácticamente no informa de nada al público sobre su actitud en relación a problemas concretos- sino: "Pienso tal y tal cosa en relación con tal, tal y tal gran problema." (...)

 

¡Cuántas veces, en Alemania, en 1932, un comunista y un nazi discutiendo en la calle han tenido la experiencia de un vértigo mental al constatar que estaban de acuerdo sobre todos los puntos!

 

Fuera del Parlamento, como existirían revistas de ideas, habría naturalmente alrededor de éstas ciertos milieux. Pero éstos deberían ser mantenidos en un estado de fluidez. Lo que distingue a un ambiente de afinidad de un partido y le impide tener una mala influencia. Cuando uno frecuenta amistosamente al que dirige tal revista, a los que escriben en ella, cuando uno mismo escribe en ella, se está conciente de estar en contacto con el medio que produce la revista. Pero uno no sabe si es parte de ella; no existe una distinción neta entre el interior y el exterior. Más lejos están los que leen la revista y conocen a uno o a dos de los que escriben en ella. Más allá los lectores asiduos que encuentran en la misma una aspiración.

 

Más allá aún los lectores ocasionales. Pero a nadie se le ocurre pensa o

decir: "En la medida en que estoy ligado a tal revista, pienso que..."

 

Cuando los colaboradores de una revista se presentan a las elecciones, debería prohibírseles reclamarse de la misma. Debe prohibirse a la revista otorgarles una investidura, o ayudarles directa o indirectamente en su candidatura, o tan siquiera hacer mención de ello.

 

Todo grupo de "amigos" de tal revista debería estar prohibido.

 

Si una revista le impide a sus colaboradores, bajo pena de ruptura, con las otras publicaciones cualesquiera que éstas sean, ésta debe ser suprimida desde el momento en que lo mismo sea aprobado. (...)

 

Bien entendido que habrá partidos clandestinos. Pero sus miembros sufrirán de una mala conciencia. No podrán ya hacer profesión pública de servilismo mental. No podrán hacer ninguna propaganda en nombre del partido. (...)

 

Siempre que una ley es imparcial, equitativa, y fundada sobre una visión del bien público fácilmente asimilable para el pueblo, ésta debilita todo lo que la misma prohibe. Lo debilita por el hecho mismo de existir e independientemente de medidas represivas que busquen asegurar su aplicación.

 

Esta majestad intrínseca de la ley es un factor de la vida pública que ha sido olvidado hace tiempo y que habría que utilizar. (...)

 

De forma general, un examen atento no parece indicar en ningún sentido inconveniente alguno para la supresión de los partidos.

 

Pero por una singular paradoja las medidas de este tipo, que no tienen inconveniente, son de hecho las que tienen menos oportunidad de ser decididas. Se dice la gente: ¿Si fuera tan sencillo, por qué no lo han hecho ya desde hace tiempo?

 

Sin embargo, generalmente, las grandes cosas son fáciles y simples. (...)

 

Aun en las escuelas ya no se sabe estimular de otra forma el pensamiento de los niños como no sea invitándoles a tomar partido a favor o en contra. Se les cita una frase de un gran autor y se les dice: "¿Está usted de acuerdo o no? Desarrolle sus argumentos". En el examen los pobrecillos, viendo que tienen que terminar su disertación en tres horas, no pueden pasar más de cinco minutos preguntándose si están de acuerdo. Y sin embargo sería tan sencillo decirles: "Mediten sobre este texto y expresen las reflexiones que les vienen a la mente".

 

En casi todas partes -aun a menudo en relación con cuestiones puramente

técnicas- la operación de tomar partido, de tomar una posición a favor o en contra, se ha sustituido la obligación de pensar.

 

 

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